El otro día, tratando de ordenar mi cuarto (cosa que hago cada cierto tiempo, digamos una vez al mes. Siempre se queda en "tratando", por si las moscas), encontré una serie de libros que ni me acordaba que tenía. ¿Han oído eso de que un buen día es cuando metes tu mano en los bolsillos y encuentras plata? Yo prefiero meter mano en el cajón y encontrar libros. Pero bueno, yo estoy loco. Lo cual no quiere decir que este libro no sea un tesoro recuperado. O que ese día no haya sido un buen día.Pero volvamos a lo nuestro. Creo que este podría ser uno de mis serios candidatos al top 10 de literatura juvenil. Creo que lo leí gracias al col--e...gio. Odio esa palabra y quería malograrla. Perdonen. Bueno, no tengo idea de cuándo fue que me lo recomendaron, pero sí me acuerdo que nos prohibieron avanzar la lectura por nuestra cuenta porque supuestamente teníamos que leerlo en clase. Pero bueno, yo siempre he sido medio rebelde con esas cosas. Más si se trata de leer. Y hoy, tantos años después, no me culpo. Nunca debería frenarse las ganas de leer de nadie. Por supuesto, a mi profesora no le cayó muy bien esa idea mía. La conversación fue algo como: "Claro, muy bien, ahora ya tienes la historia adelantada y ya no vas a prestar atención en clase". Yo le dije: "Yo no tengo nada contra su clase... Pero es que el libro me gustó más". Obviamente, me sacaron a gritos del salón. ¿El segundo acto? La directora dijo: "Daniel, ¿otra vez por aquí?". Y finalmente la monjita buena onda que cuidaba los patios me dijo: "¿Deiniel, outra vez sin recreou?". Pero eso sí: yo, durante todos los días que duró el castigo, aproveché de leer los libros que faltaban para el resto del año. Y entre ellos, este Konrad que releí sin hartarme ni un poquito.
En cuanto a la historia del libro, pues es más o menos lo que te cuenta el título. La señora Bartolotti (uno de los personajes más memorables que he visto nunca en literatura juvenil), una mujer excéntrica de ya cierta edad y sin ningún tipo de experiencia en criar niños, recibe por correo una extraña lata de conservas. ¿Que contiene? Pues a Konrad. Un niño de siete años que le ha sido enviado por error. ¿Adivinan qué? Uno puede reírse todo lo que quiera en los castigos sin recreo mientras tengas un libro como este. La cantidad de aventuras, situaciones y escenas en las que se mete la señora Bartolotti en su intento de lidiar con la crianza del niño, la forma en que el niño se va desarrollando en un entorno lleno de locuras (pero de muchísimo cariño), y el suspenso que generan los siniestros personajes de la compañía que envió a Konrad y que pretenden quitárselo a la señora Bertolotti, hacen de esta novela una de esas lecturas en las que no pasa una página sin que riamos, nos sorprendamos o simplemente apresuremos la lectura para llegar al siguiente capítulo.
Tiene además algo que no voy a cansarme de encontrar hermoso: la capacidad de la narradora para hacernos entender que la familia está hecha por la gente que te quiere. La familia que encuentra Konrad es fantástica. Disímil, problemática y para nada convencional. Pero fantástica, porque todos se preocupan por que tenga lo mejor. Claro que el chiste está en que todos opinan algo diferente. Pero la buena intención gana por lejos.
Bien, este libro ya tiene sus años, pero creo que es de esos libros que no vencen nunca (asumo que como los niños que vienen en latas de conserva). Y no sé por qué me gusta tanto. Creo que es porque Konrad me parece un personaje fantástico, pues cuando aparece no es en absoluto un niño normal, sino un chico extremadamente educado y formal. Y porque poco a poco sus amigos y las personas que lo quieren le van enseñando que el mundo es más que solamente un montón de lecciones que se aprenden e incorporan. Quizás eso es lo que me hizo ganarme mi castigo en esos años. Pero está bien. Con el respeto que se merece, profesora de literatura de esos años, no me arrepiento para nada de mi castigo. De hecho, leer este libro seguramente me hizo ser un niño un poco más feliz. Así que si pueden, acuérdense de mí cuando lo lean. Para saber que en realidad el castigo no fue castigo, sino el precio justo a pagar por tan buen rato de diversión y buena onda.
Si este libro fuera persona... Sería sin duda un chico rarísimo, recontra extravagante, pero también super buena gente. Y del que además aprendes harto.
Regálale este libro a... A cualquier padre primerizo que tenga miedo de engreír demasiado a su hijo. Para que se acuerde de que algunas travesuras son más que necesarias en esta vida (no le cuenten a mis papás, pero vamos, yo sigo haciendo las mías de vez en cuando...).
Christine Nöstlinger es... Austriaca. Cosa rara, porque recién me doy cuenta ahora, después de tantos años. Siempre pensé que era noruega (debí darme cuenta antes que no, porque hay un montón de referencias al alemán en el libro, pero supongo que era muy chico para que me importara eso de las fronteras). Y aquello de que era noruega lo pensaba porque en Noruega hay harto bacalao y por ende hartas latas de conservas. Hasta el perno, Daniel, eso te pasa por dejarte botar de la clase.
2 voces:
a nadie le importa tu historia queremos saber el resumen
Holaa..
Me topé con tu blog, xq estaba buscando esa novela^^
Ese libro es fantástico, un buen recuerdo de mi infancia, que disfrute mucho. Gracias por hacerme recordar buenos momentos;).
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